Las buenas inversiones son aburridas, dijo una vez George Soros. Con los bancos centrales ocurre tres cuartos de lo mismo: cuando sus mandatarios parafrasean al Mario Draghi de la crisis del euro, los titulares encajan, pero algo en la economía está fallando. Ocurrió durante la crisis inflacionista, pero una vez pasado lo peor del temporal, el Banco Central Europeo se ha empeñado en ser el campeón del tedio: llegaba a esta cita tras siete recortes de tipos de interés de 25 puntos básicos en siete reuniones, todos ellos convenientemente anticipados por el mercado, que reducía así al mínimo la volatilidad de acciones, bonos y divisas al anunciarse la decisión. Fráncfort ha puesto fin este jueves a esa racha tan repetitiva y machacona como efectiva: el BCE ha dejado los tipos de interés intactos en el 2%, algo que no sucedía desde hace un año, y abre una nueva era, más enrevesada, menos clara, en la que sus movimientos se antojan más impredecibles.

La despedida a esa etapa de bajadas de tipos se materializó con el mismo espíritu estable y previsible de los encuentros precedentes. “Las presiones inflacionistas internas han continuado relajándose y los salarios están creciendo más lentamente”, ha señalado el BCE en su comunicado. La pausa se daba por descontada ante una inflación que cerró junio justo en el 2%, la cifra inscrita en letras de bronce en el mandato de la institución que preside Christine Lagarde. “La economía, en conjunto, ha demostrado hasta ahora capacidad de resistencia en un entorno internacional difícil. Al mismo tiempo, el entorno continúa siendo excepcionalmente incierto, debido especialmente a las disputas comerciales”, ha añadido el banco.
Pese a las cautelas habituales, los miembros del BCE se marchan de vacaciones dejando atrás un panorama que ya quisiera para sí el vilipendiado Jerome Powell. La Reserva Federal hace tiempo que no conoce la monotonía. Ni en las cifras, con recortes agresivos de tipos en septiembre, ligeros en noviembre y diciembre, y parón desde entonces ante el temor a un repunte inflacionista por los aranceles. Ni en su quehacer diario, bajo el incómodo fuego cotidiano de las invectivas de Donald Trump, que esta noche pisará por primera vez su sede.
Los números del BCE sí parecen encajar, pero si Lagarde abre durante el descanso estival alguna aplicación ligada al trabajo, seguramente sea la de la evolución del mercado de divisas. Aunque el BCE ha prestado escasa atención al tipo de cambio en el periodo pospandemia, la apreciación del euro está ganando posiciones en la lista de preocupaciones, con la cota de los 1,20 dólares como límite de lo aceptable. “Algo más allá de eso sería mucho más complicado”, reconoció a comienzos de mes el vicepresidente Luis de Guindos.
El objetivo de inflación del BCE es simétrico. Es decir, considera igualmente indeseables las desviaciones positivas y negativas. Y un euro demasiado fuerte tiende a tirar de la inflación hacia abajo, porque las compras en el exterior de materias primas se abaratan. Eso da argumentos al sector más paloma del Eurobanco para reclamar nuevos recortes de tipos, máxime cuando el BCE, a diferencia de la Fed, se encuentra al final de su ciclo de flexibilización, y a priori, las futuras rebajas de tipos en EE UU —cuyas tasas están aún en un rango elevado del 4,25-4,50%— deberían seguir desinflando al dólar. Las correlaciones de los manuales de economía, sin embargo, se han vuelto menos fiables por la influencia de otros factores, como la presión de la Casa Blanca sobre Powell, la incertidumbre política o las preocupaciones sobre la sostenibilidad de la deuda de EE UU.
A siete semanas de la próxima reunión de septiembre, existe una amplia división sobre qué hará el Eurobanco. Los mercados otorgan prácticamente la mitad de posibilidades a un recorte de 25 puntos básicos y a una prórroga de la pausa. También hay brecha en las declaraciones de los miembros del Consejo de Gobierno. Mientras halcones como el gobernador del banco central austriaco, Robert Holzmann, y la alemana Isabel Schnabel, se han mostrado reticentes a volver a la senda de bajadas, otros como el gobernador del Banco de Finlandia, Olli Rehn, el francés François Villeroy de Galhau, y el italiano Fabio Pannetta ven margen para actuar.
Ese día, el BCE presentará además su actualización de las previsiones de crecimiento e inflación. Y muchas cosas pueden pasar en el camino. La más relevante es probablemente el cierre de un acuerdo comercial entre Bruselas y Washington, que puede resolverse favorablemente de manera inminente con un arancel del 15% para las exportaciones europeas. Un pacto a imagen y semejanza del firmado entre EE UU y Japón que evitaría el peor escenario del 30% con el que amenazó Trump a la UE si no se lograba una salida antes del 1 de agosto, y despejaría de un plumazo una de las grandes incertidumbres que sobrevuelan las predicciones del equipo de análisis del BCE.
[Noticia de última hora. Habrá actualización en breve]
Mercado posibilidades cercanas a cero en esta reunión, y rondan el 50% para la próxima.


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